Tania Sarabia secuestrada en un harén. Por Claudio Nazoa – @claudionazoa

Estimados lectores, les informo que teníamos meses sin saber nada de Tania Sarabia, la comediante venezolana. Quienes la queremos, la buscamos en vano por todos lados y nada que aparecía. Llamamos a su amiga Mariela Romero en Miami para ver si sabía algo de ella y dijo que estaba muy preocupada, pues Tania tenía que haber llegado hace tiempo a esa ciudad para hacer unas funciones.

La hija de Tania, quien vive en Suiza, ha estado al borde de un ataque de nervios porque hace tres meses que esperaba a su madre para que al llegar fuera vacunada contra la COVID-19. También nos contó que le compró un pasaje por una línea aérea turca que opera en Venezuela.

Se movió cielo y tierra y nuestra querida Tania nada que aparecía. La buscamos en hospitales, cárceles, sanatorios para enfermos mentales y hasta en la morgue, en donde vimos varios cadáveres de señoras con caras cómicas muy parecidas a ella.

Cuando su amiga Mariana Otero, quien vive en París, se enteró, se movilizó y desesperada organizó un grupo de búsqueda. Mandó a imprimir unos carteles que pegaron en las barras de los bares, restaurantes, calles y negocios de la capital francesa, ofreciendo 32 euros de recompensa. También utilizó las redes sociales ofreciendo la misma cantidad a quien suministrara información sobre el paradero de nuestra amiga. Mariana me contó que todos los días, a la puerta de su casa, le llegaba una viejamentazón de señoras cómicas, pero lamentablemente ninguna era Tania.

Lo cierto, y esto es una primicia, es que he recibido una carta. No un mail, una carta dentro de un sobre con rayitas rojas y azules, con un par de estampillas como las de antes. La misiva está escrita a mano y reconocí la letra. ¡Era la de ella! No puedo decir cómo llegó a mis manos porque correría peligro “el correo” que la trajo. No perdamos tiempo. He aquí la carta en cuestión. La hago pública porque creo que si todos sabemos la verdad, podríamos tratar de recuperar a nuestra amada Tania Sarabia.

         Califato de Al Ain, 3 de febrero de 2021

Querido Claudio:

Espero que esta carta llegue a tus manos y por medio de ti a todos los amigos, incluso a las autoridades que podrían ayudarme a salir de este infierno en donde ahora me jayo.

Como tú sabes, mi hija me compró un pasaje de Caracas a Turquía en donde haría un trasbordo para llegar a Suiza.

¡Ay, mi Claudio!, todo comenzó durante el viaje a Turquía. Allí conocí a un hombre realmente bello quien, durante esas largas horas de vuelo, logró engatusarme y seducirme con su físico, su vocabulario soez y ese aplomo de hombre de verdad.

Cuando llegamos a Estambul, había que esperar ocho horas para tomar el vuelo a Suiza. La línea ofrecía gratis una excursión por la ciudad y Mohammed Harabab (así se llama él), me dijo que no tomara el tour y que lo acompañara hasta la ciudad. Yo acepté. Sí, sé que eso es un riesgo y es peligroso, pero Claudio, yo soy mujer, he tenido un verano muy largo y no soy precisamente de goma. Así fue como una cosa llevó a la otra y… bueno, aquel portento de hombre de fibra y músculos definidos, me invitó a comer en un hotel llamado El Aladino.

—Pero… –pregunté con inocencia– Mohammed Harabab, ¿ese no es un hotel grosero?

—No, Tania. Ese es un hotel muy decente. Allí iremos solo a comer y tranquila, no pasará nada que tú no quieras.

Confiada entré al hotel del brazo de aquel mangazo. La habitación era exótica. Estaba cubierta por enigmáticas alfombras persas, sobre las cuales una enorme cama redonda era arropada por un suave cubrecama de plumas que parecía esperarme con un tapizado de olorosos pétalos de rosas frescas.

En otro extremo, un espumoso jacuzzi con forma de copa ubicado debajo de una ventana dejaba colar la luz de una luna llena rodeada de estrellas. A los lados, había jabones aromáticos, aceites con olores excitantes y unos paqueticos cuadraditos de colores brillantes, muy bonitos por cierto, pero que nunca supe para qué eran. También te cuento, Claudio querido, que había un mueble con forma extraña que después me enteré que llaman Potro del Amor.

—Pero, Mohammed Harabab, ¿y en dónde vamos a comer? –pregunté con candidez como si fuera lo único que me preocupara.

—Aquí, querida. Así son los comedores árabes.

¡Te juro Claudio que yo le creí!, pero cuando me empujé el tercer Shawarma y mi segundo vaso de chicha con ajonjolí, no supe más de mí…

No sé cuánto tiempo pasó, pero lo siguiente que recuerdo es verme vestida con un colorido traje de bailarina árabe, rodeada por un pocotón de señoras que me doblaban la edad y que vestían igual que yo. ¡Allí fue cuando caí en cuenta de mi realidad! ¡Mohammed Harabab me había secuestrado y me había vendido a un Califa que tiene debilidad por viejas cómicas como yo!

Agotada, me quedé dormida. Al día siguiente, un hombre grandotote vestido como Alí Babá, entró a la habitación.

—Soy tu eunuco –me dijo.

—Eu… ¿qué?

—Eunuco –respondió inclinando su cabeza– mi trabajo es cuidarte hasta que el Califa te llame a su presencia.

¿En qué cosa horrible se ha convertido mi vida? Estas señoras, igual que yo, pasan todo el día haciendo chistes y ensayando stand up para entretener al Califa so pena de muerte.

El tiempo pasó y un día mi eunuco me bañó. Mientras me enjabonaba, comenzó con una pasadera.

—¡Pero Eunu! –así lo llamo por cariño– ¿para qué arrugas si no tienes plancha?

Él me sorprendió haciéndome una seña de silencio y calladito me susurró al oído.

—A mí me quedó un toconcito, pero no digas nada.

Me perfumó y me vistió con un sostén que tenía una hilera de monedas y un cinturón a la cadera con monedas doradas guindando. El eunuco me dijo que había llegado el día, que esa noche yo iría al lecho del Califa.

Por fin, me llevaron a la pieza del Califa. Allí estaba él, grandote, gordote y sudadote. Me dije: “Bueno, tendré que entregarme”. Él, en silencio, me miró. Después de una larga pausa, preguntó.

—¿Tú eres venezolana?, ¿verdad?

—Sí… –contesté tímida mientras yo me quitaba el sostén.

—La vaina en Venezuela está arrecha. ¿Es verdad que allá producen petróleo y no tienen gasolina?

—Sí… –respondí con vergüenza mientras me bajaba el bikini.

—Pero, ¡qué bolas! Y entonces, ¿para qué quieres regresar?

—Es una vaina loca, señor Califa. Los venezolanos cuando estamos afuera queremos regresar, aun a sabiendas de que vamos a pelar bola al llegar –respondí a ver si se condolía y me soltaba.

El Califa me miró con lujuria y dijo.

—Pero, ¿por qué te estás desnudando, chica?… ¿Eres virgen?

—¡Tú lo que estás es loco e’ bola, Califa!

El gordo comenzó a reírse a carcajadas y eso fue todo. Al rato, vino a buscarme el eunuco y aún desnuda, me llevó a mis aposentos en donde con él sí pasó lo que tenía que pasar con el Califa… bueno, lo que podía medio pasar con aquella pequeñez.

Claudio, gracias a que Eunu está enamorado de mí, logré convencerlo para que te hiciera llegar esta carta. ¡Rescátame! Yo ya no tengo más chistes que echarle al Califa y si no lo hago reír mi vida está en peligro. Mándale esta carta a Maduro o a Guaidó. ¡Cámbienme por barriles de petróleo! Necesito un hombre completo. ¡Ya estoy harta del eunuco y su toconcito!

Twitter: @claudionazoa

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