Un chapuzón de nostalgia – Carlos M. Montenegro

carlosmmontenegro22@gmail.com


Acabo de llegar finalmente a mi casa, después de un largo día digno de no ser recordado. Desde el ventanal de la sala del apartamento sito en lo alto de una colina al sur de la ciudad, de este a oeste, varios kilómetros del valle de Caracas, con esa imponente cadena de montañas frente a mí, preludio de una sinfonía andina, coronadas por el cerro Ávila protegiendo a la ciudad, desde sus casi mil metros sobre este indescriptible valle, del revoltoso mar Caribe dos mil metros más abajo de sus espaldas.

Y mientras miro esta grandiosa panorámica me asalta un pensamiento peregrino a la vez que ingrato: “qué hace una ciudad tan fea en un sitio tan espectacular como éste”.

Claro que Caracas no siempre fue así. Cuando vine por primera vez a Venezuela, en barco como Colón, a bordo de la T/N Montserrat, un modesto trasatlántico español, ya saliendo de la Guaira y entrar a Caracas por El Silencio impresionaba. La película que ha pasado por mi cabeza en un vertiginoso flashback no se parece en nada a la destartalada ciudad que me toca padecer actualmente.

Cualquiera que haya vivido y recuerde las cosas que voy a intentar atropelladamente contar de la Caracas de finales de los 50 hasta mediados de los 90 estará de acuerdo conmigo sean “musiús” o criollos. Les invito a zambullirse conmigo en aguas de nostalgia. Seguro que casi nada les será desconocido, pues o lo han vivido o se lo habrán contado los que sí transitaron por aquella floreciente, divertida, moderna, alegre, musical y maravillosamente caótica ciudad de Caracas estoy convencido que a ninguno se le fundirán los tapones de la brekera y al que se le fundan se acordarán cómo cambiarlos.

Seguro que, y permítanme el tuteo; que comías bombas con Green Spot, tomabas uvita Grapette u Orange Crush. Fuiste a Crema Paraíso o le dijiste a tus amigos “el sábado nos vemos en la Tomaselli”. Comías arepas con guasacaca en El Tropezón, comías pepitos en El Cubanito. Tomabas leche Silsa o leche en polvo Klim y chicha A1. Te dieron 20 Torontos por un bolívar y comprabas «recortes» en la Savoy de Sabana Grande

Tus cines eran el Teatro del Este, el Caroní, Olimpo, Lido o el cine La Castellana, se veía el Cinemascope en el Canaima y qué decir de los autocines de Los Chaguaramos, Los Cortijos, los Dos Caminos, Los Ruices y los dos morochos en la subida a Los Naranjos.

Seguro que recuerdas la construcción de la Cota Mil, la Avenida Libertador o la Rómulo Gallegos sobre la carretera de Los Chorros, y te rompías la cabeza pensando qué otro nombre de animal pondrían al próximo distribuidor en alguna autopista después del Ciempiés, el Pulpo y la Araña, y fuiste de compras a Sabana Grande cuando circulaban los carros en doble vía y si era Carnaval y tu un carajito o carajita, te desgañitabas al pasar las carrozas ¡aquí es, aquí es!

El primer centro comercial de Caracas fue el Centro Comercial Chacaíto con teatro, mini cines, el Hipocampo, la Eva, el exclusivo Le Club, El Papagayo, el Ovni y todas las boutiques de renombre, las cervezas por litro y los perros calientes por yardas en Le Drugstore. Las mediajarras eran Caracas o Zulia y “Maracaibo” quedaba en Altamira, donde con tres o cuatro lisas se “cenaba” a base de tapas que brindaba la casa, mientras charlabas con la pandilla. Y de vez en cuando se visitaba al Médico Asesino, en Catia, por el asunto de sus guarapitas.

Seguro que fuiste en cambote a sentir vértigo en la Rueda de la Fortuna y pasar miedo en el Túnel Fantasma del Coney Island de los Palos Grandes y fuiste también al Parque de Diversiones en El Conde o al jardín zoológico del Pinar, en los terrenos que fueron de Juan Vicente Gómez

Y ya de pavos, que decir de las citas en El Faro, El Troley y El Tolón, y en las tardes domingueras “Mi vaca y yo” en la carretera vieja de Baruta, para bailar con los Impala o Los Claners, atendido por Bobby el francés y su vaca Lulú, y en el mismo Baruta El Montmartre de Kurt Loewenthal y su increíble órgano “electrónico” blanco. En todos se podía fumar; si al llegar a un local nocturno no estaba full de humo, decían: “vámonos, que aquí no hay ambiente”. Las marcas eran: Alas, Royal, Belmont Kingsize, Fortuna, Viceroy o Negro Primero, pero el que sabía “cuál es la consigna” es porque fumaba Lido.

Te bañaste en la piscina de Los Corales y cuando alquilabas una casita al Incret, para ir a temperar a Los Caracas, en la recepción te facilitaban las sábanas, las almohadas y las fundas; luego te ponías bajo el tubo de agua de mar que llenaba la piscina marina; también se usaban tripas de caucho de camión como flotador.

Se pagaba peaje en la autopista a La Guaira de bajada y de subida, pero podías optar por la carretera vieja sin mayor peligro. Para ir a Higuerote la vía era por la carretera vieja que empezaba en la Urbanización Miranda y para Maracay o Valencia era por la carretera Panamericana, con parada en La Encrucijada para comerte un sándwich de ya sabes qué.

Bailabas Calipso con steelband en los carnavales de Carúpano. En casa tenías picó, long plays de vinyl y discos de de 45 rpm con dos canciones; en las fiestas, bailabas “música lenta” con el brazo izquierdo abajo y cachetes pegados y cuando ponías a Miriam Maleva cantando “Patapata” bailabas caderú

Ibas a las “patinatas” con patines metálicos de cuatro ruedas, dos delante y dos atrás, con ganchos y correas que fijaban el patín al zapato.

En aquellos tiempos salir a pasear a la calle no encerraba peligro y aprendías como era el normal desarrollo de una ciudad viva, por ejemplo: sabías cuándo un silbido decía ¡Piñerúa! Es más, sabías quién era Piñerúa. Viste (y soportaste) la construcción de los pasos elevados provisionales, aún funcionando, de Diego Arria, el que decretó el uso de las bolsas plásticas para la basura.

Tuviste amigos guerrilleros y algún conocido con un palafito en Morrocoy que daba fiestas estupendas. Ibas a los carnavales del Macuto Sheraton y a coger chipichipis en Higuerote.

Se estaba enamorado de Raquel Welch, de la gallega Chelo Rodríguez o Corina Castro. Se saltaban las lágrimas con Love Story y seguro que regalaste pegatinas de “amor es…”

Se jugaban caimaneras de fútbol en el San Ignacio o el campo del Germania de La Trinidad y al béisbol en la Electricidad de Caracas; se coleccionaban banderines y álbumes con estampitas de deportistas y las chicas con actores de Hollywood.

Los 15 y último los fiscales de tránsito te matraqueaban y los fines de semana le huías a la recluta especialmente a la salida del cine.

Reunías fuertes de plata, se sabía qué era un corte totuma del INCE; en las elecciones votabas con las tarjetas del color de tu partido.

Recuerdas qué era “El Tablazo Marca el paso” y “La Conquista del Sur”, sufrías el día de parada y de vez en cuando “Habla el Presidente”. Sabes quién era Locovén y por qué lo llamábamos así. Te beneficiaste del decreto 21 sobre las jubilaciones y pensiones. Viajabas en Viasa, y tal vez fuiste 45 días a Europa con menos de 5 mil bolívares a 4,30, gracias a la ONTEJ, y sabes a qué nos referimos con lo del 4,30.

Viste Radio Rochela TV, Tu País está feliz y sabes quiénes eran Gaby, Fofó y Miliki y que teníamos nuestras “Cuatro Monedas”, mientras, tu mamá lloraba con Sara García o Libertad Lamarque y suspiraba por Albertico Limonta. Seguías a El Fugitivo, no te perdías Mi marciano favorito ni Buscándole novia a Papá. Soñabas con ganar algo en Monte sus cauchos Good Year, la Rueda de la Fortuna, La Craneoteca, Viva la Juventud o en la Feria de la Alegría.

Tu primer control remoto de TV sólo encendía, apagaba, subía y bajaba el volumen. Los televisores eran Zenith, Philco o RCA. En todo caso gringos, nunca japoneses. Para ti, todo lo malo decía made in Japan

Conociste a la “Renoleta”, y al “escarabajo” y tal vez manejabas un Valiant, un Hillman, un Falcón, un Renault 10 o un Nova; llevabas reproductor de cartuchos de 8 pistas en el carro. Soñabas con tener un Mustang, un Javelin o un Camaro y detestabas a los adecos que usaban LTD’s; se moría por unos rines de magnesio y se ponía techo de vinyl a los carros.

Veías el Reporter Esso, le ponías un tigre a tu tanque y llevabas en la maleta del carro una caja full de herramientas con dinamo, bujías, distribuidor, correas y bombillos de repuesto, pues te paraban por llevar un stop quemado y te multaban por quedarte sin gasolina; montaste en Icarus (el autobús con acordeón) en la ruta de Circunvalación. Cuando las autopistas y carreteras estaban en reparación, había letreros del MOP que te advertían por anticipado del peligro, es más, seguro sabes lo que significa MOP.

Usabas el aeropuerto nacional como internacional y el de carga como nacional, y oías Radio Aeropuerto con sus suaves voces femeninas dando la hora y anunciando las salidas y llegadas de los vuelos con sus destinos y procedencias.

Muchos huyeron de Caracas porque el Ávila se iba a abrir por el terremoto de 1967 y Oscar Yánez nos cayó mal reportando por televisión desde los escombros, pero, sobrevivimos al terremoto

A tu viejo, que seguramente fue un paciente razonablemente contento del Seguro Social, el día del padre le regalabas Lavanda Atkinsons, y tú te echabas Vetiver de Carven, Jean Marie Farina o Jean Naté.

Comiste manzanas acarameladas en el Humbolt. Echaste más de una broma con Pica Pica. Sacaste premios de las cajas de Ace. Sabes quienes son Amelia Román y José Bardina. Sabes que cada región tenía su nombre y en todas, la cerveza era… Cambiabas suplementos. Viste la Texana con Raquel Welch, Malizia con Laura Antonelli, tuviste malos pensamientos con Emanuelle; viste Garganta profunda, Easy Rider y Nacidos para perder. Y seguro que usaste los lentes de cartón para ver cine tridimensional. Y lo bueno era “pepiao”.

Todo eso y más había en esta ciudad, que echo en falta con nostalgia. Cuéntenselo a los que no la disfrutaron y díganles que no era la misma, ni lejos, de la que sufrimos hoy.

Y de paso, a ver si estos que mandan se enteran, de una vez por todas, que Caracas era inmensamente más bonita que la que ellos van a dejar y nos lo pasábamos mucho mejor entonces que ahora con su empeño en llevarnos a su “mar de la felicidad”

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